El cuerpo poético, de J. Lecoq ( fragmento)

Identificarse con la naturaleza

La tercera fase del trabajo con la máscara neutra la constituyen las identificaciones. Por supuesto, no se trata de indentificarse completamente, lo cual sería grave, sino de jugar a identificarse. Trabajando con la máscara, propongo a los alumnos que primero se conviertan en los diferentes elementos de la naturaleza: el agua, el fuego, el aire y la tierra.
Para identificarse con el agua representan el mar, pero también los ríos, los lagos, las gotas. Intentamos acercarnos alas diferentes dinámicas del agua bajo todas sus formas, desde las más tranquilas a las más violentas.

Estoy frente al mar, lo miro, lo respiro. Mi respiración se acompasa con el movimiento de las olas y, progresivamente, la imaginación se invierte y yo mismo me convierto en mar…
El aire, sobre todo el viento, es percibido a partir de todos los objetos que pone en movimiento: una hoja, un tejado de chapa, un trozo de tela. Son los vientos contrarios, las corrientes de aire, todo lo que sopla, lo que arrastra, lo que arremolina. La tierra es a la vez lo que se puede modelar, amasar, pero es también el árbol. Debe poder estar plantado en el suelo de verdad, con el cuerpo en equilibrio. Una actriz que tenga que interpretar La gaviota de Chejov sólo podrá desarrollar una “apariencia etérea” si conoce, previamente, el enraizamiento primigenio.
Y por último, el fuego es el fuego: el más exigente de todos los elementos porque no es más que él mismo.

Paralelamente a estas identificaciones con los elementos, me toca evocar a ciertos autores, comenzando por Gastón Bachelard, analista de la imaginación material, que en El aire y sus sueños dirige una profunda mirada sobre este elemento. Sin embargo es importante, para aquellos que se interesan eventualmente por estas reflexiones, que estas referencias lleguen después de la experiencia vivida bajo la máscara (luego del trabajo) y no antes.

Podría decirse que el viento furioso es el símbolo de la cólera pura, de la cólera sin objeto, sin pretexto. Los grandes escritores de la tempestad (…) han amado este matiz: la tempestad imprevisible, la tragedia física sin causa. (…) Viviendo íntimamente las imágenes del huracán se aprende lo que es la voluntad furiosa y vana. El viento, en su exceso, es la cólera que está en todos lados y en ninguna parte, que nace y renace de sí misma, que gira y se revuelve. El viento amenaza y ulula, pero sólo toma forma cuando se encuentra con el polvo: visible, se convierte en una triste miseria.
Gastón Bachelard, El aire y los sueños.

Después de los elementos naturales, las identificaciones se llevan a cabo sobre las diferentes materias: la madera, el papel, el cartón, el metal, los líquidos. El objetivo del actor es a la vez ampliar el campote sus referencias y sentir todos los matices que existen entre una materia y otra, e incluso en el interior mismo de una misma materia. Lo pastoso, lo untuoso, lo cremoso, lo aceitoso…poseen dinámicas diferentes. Deseo que los alumnos accedan al gusto de las cosas, exactamente como un “gourmet” puede reconocer las sutiles diferencias entre los sabores. La adquisición de esta sutileza de los matices implica un trabajo de larga duración, que se prosigue con los colores, las luces, las palabras, los ritmos, los espacios, dentro de lo que llamamos el fondo poético común.

“El cuerpo poético”, de J. Lecoq

Ante una improvisación o un ejercicio, hago “constataciones”, que no hay que confundir con “opiniones”. Cuando un neumático de un coche revienta, eso no es una opinión, ¡es un hecho! Yo lo constato. Las opiniones sólo pueden ser enunciadas a posteriori, a partir de una referencia de la realidad. La constatación es realizada por el profesor, rodeado de los alumnos. Cuando constato algo, lo que digo es el eco de los alumnos, que resuena en mí. Es a mí a quien corresponde formular la constatación, pero es importante que todos la compartan. El que un profesor de teatro tenga ganas de decir, después de una improvisación, “esto me parece bien…”o “me gusta mucho…” tiene poco interés. A cada uno le puede gustar o no gustar lo que ha visto, pero es otra cuestión. La constatación es la mirada que se dirige sobre la cosa viva, intentando ser lo más objetivo posible. La crítica que se emite sobre el trabajo no es una crítica de lo que está bien o lo que está mal, sino una crítica de lo “exacto”, de lo “demasiado largo”, de lo “demasiado corto”, de lo “interesante”, de lo “no interesante”. Esto puede parecer pretencioso, pero sólo nos interesa lo que es “exacto”: una dimensión artística, una emoción, un ángulo, una relación de color. Todo esto existe en cada obra que perdura, independientemente de su dimensión histórica. Cada uno puede sentirlo, y el público sabe perfectamente cuando algo es exacto. Si el público no sabe el porqué, nosotros sí debemos saberlo puesto que somos, además…especialistas….” “En este sentido, la Escuela es también una escuela de la mirada. Todo el mundo puede dar un tema de improvisación, ¡el problema es saber lo que hay que decir después! No se trata de transmitir un saber idéntico, sino de intentar comprender juntos, de encontrar entre el alumno y el maestro un nivel más elevado que haga que el maestro diga a sus alumnos cosas que nunca hubiera poder decir sin ellos y que suscite en los alumnos, a través de su ansia y su curiosidad, un conocimiento…” “El error no solamente ha de aceptarse, sino que es necesario para que la vida continúe, salvo en el caso de que sea demasiado importante. Un gran error es una catástrofe; un pequeño error es esencial para permitirnos existir mejor. Sin error no hay movimiento. ¡Es la muerte!”